Hace no mucho tiempo, en un intento de engañar mis esfuerzos quizás, alguien fue lo suficientemente valiente como para mirarme a los ojos y hablarme de mí. Para sostener mi mano y acercarme a quien era en ese momento, a quien soy hoy. Y en aquellos 23 minutos, tuvo el coraje de hablarme del corazón, de mi corazón. De gritarme silencios y callarse mil palabras, de hacerlo despertar.
Ahora que han pasado los meses, soy capaz de escuchar aquellos silencios, soy capaz de sostener las mil palabras, y soy capaz de comprender, aún sin entender. Y es que el corazón nunca pierde, nunca gana. Nunca para, siempre avanza. El corazón aprende, pero para olvidar le bastan dos caricias, para borrar toda posible duda y volver al punto de partida. El corazón es coraje disfrazado de miedo. Es el instante exacto en el que se quiebran los temores y te lanzas a sus labios. No escucha, y no atiende a razones. Es locura, es desafío. Es cada "nunca más" que no cumplimos, y el "para siempre" que no nos creímos. Es la mirada que hace tambalear todos los cimientos, cada falso arrepentimiento entre beso y beso. No entiende de imposibles, y suele sentirse seguro en los brazos más difíciles. Siempre tiene la razón, nunca se equivoca en la decisión.
Y es que solo cuando somos capaces de entenderlo, de por fin darnos cuenta de que no cabe la racionalidad cuando hablamos de sentir, cuando somos lo suficientemente valientes como para elegir entre todos el camino más difícil, solo en el momento en el que decidimos cerrar fuerte los ojos y dejarnos llevar, encontramos la respuesta. Cuando somos capaces de sumergirnos en esos labios que siempre han sido un mar de dudas, cuando aún asustados, apretamos la mano que sabemos que nos puede hacer caer, solo en ese momento, y al perdernos en los ojos más confusos, encontramos el que será sin duda, nuestro lugar favorito en el mundo.
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