Si te sientas, y observas, puede que pasen dos cosas. La primera, que solo veas gente y más gente pasar, y te acabes aburriendo. O la segunda, que percibas el alma de cada una, que intentes imaginar su historia. A donde van o de donde vienen, por qué caminan tan rápido, o por qué parece no importarles nada. Yo soy de las del segundo caso, de las que una a una, persona a persona, historia a historia, se va haciendo cada vez más pequeña, de las que se sienten insignificantes al ver tantos sentimientos, penas, problemas, y pensamientos, pasar corriendo hacia un lado y al otro por delante de ella. De las que al final, acaban buscando una respuesta más adentro, y acaban preguntándose el por qué de su propia historia, descubriendo de que está hecha su alma. Y lo admito, justo en ese momento, justo en el minuto 27 sentada en aquel banco, te sientes libre, renovada. Pareces tenerlo todo claro, crees haber encontrado la manera exacta de llevar la vida, de actuar, crees haber reflexionado lo suficiente. Pero te levantas, y los pasos aumentan, y con cada uno de ellos se va un poco de seguridad, se te caen de los bolsillos todas aquellas historias recolectadas. Y te conviertes por un momento, en alguien que solamente pasa con prisa por delante de un banco, esperando ayudar a quien estuviera sentado, a descubrir de qué está hecha su alma.
