Resulta complicado buscar la forma de explicar, de entender.
La vida nos da tantas vueltas, nos descoloca, nos confunde.
Hace un año, con el corazón en un puño, hecha añicos precisamente por la persona que había jurado cuidarme para siempre, prometí que sería la última vez.
Juré y perjuré que nunca más nadie me iba a herir así, que no daría a nadie la posibilidad de destruirme, que esa facultad solo me correspondería a mí.
Todo aquello en lo que había creído, lo que creía completaría mi vida y sobre todo mi corazón para siempre, se desmoronaba, y no podía hacer nada para evitarlo.
Da miedo. Asusta ver como verdaderos pedazos de ti se van difuminando, como desaparecen. Día tras día deja de ser tu vida, deja de pertenecerte. Se van los recuerdos, y con ellos el rencor. Y sin darte apenas cuenta, renaces. Y todo aquello ya no existe, ya no importa. Ya solo estás tú. Renovada. Preparada. Ilusionada.
Y la vida continua, y todo es diferente. Ya no buscas a nadie que jure cuidarte, huyes de los lugares que te hablan del amor. Guardas bajo llave el corazón, y así te va bien piensas. Conoces nueva gente. Conoces nuevos besos. Conoces nuevas camas, pero no te quedas, y así te va bien piensas.
Pasa el tiempo, con la única dueña de tu vida tú. Con tus amigas. Con tu trabajo. Tus estudios. Tu familia. Las salidas del viernes noche, las resacas del sábado por la mañana. Sin rastro del amor.
Cuando algo duele, pensamos que la mejor manera de que el dolor pare es no tocar la herida. Nos cuentan por ahí que no todo el mundo es igual, que existe gente maravillosa y que tenemos que dejarnos conocer. Y tu asientes, y sonríes como si fueras a cambiar de parecer, pero para ti solo hay una realidad: quien conoce puede querer, quien quiere puede ser querido, y querer y ser querido da la posibilidad al otro de destruirte. Y cuando de veras te han destruido, cuando te han dejado con el corazón sin cobertura y las rodillas temblando de tanto dolor, dejarse conocer ya no merece la pena. Ni siquiera ser querido merece la pena.
Y en medio de todo eso, algún día, en algún lugar, la vida decide volver a cambiar. Y entre cientos de personas tú solo ves a alguien, y ese alguien lo cambia todo. De repente estás en el sitio preciso, a la hora exacta, y basta una mirada. Ya da igual lo que te hayas jurado, las llaves y candados que le hayas puesto al corazón.
Cinco minutos después de conocerte ya no quería irme de tu lado. No sabía que tenías, pero no lo tenía nadie más. Después de tanto tiempo con miedo a sufrir, te miraba de frente y me olvidaba del dolor. Me besaste y aquello que había tenido claro tanto tiempo desapareció, te quería conmigo, a pesar de todo, a pesar de todos, y así ha sido hasta hoy.
Y claro que me siento vulnerable, ante todo lo que hemos vivido y estamos viviendo. Ante todo lo que sabemos que sentimos. Porque hay algunas cosas que solo ocurren una vez, y yo confío en la casualidad de habernos conocido, en habernos encontrado y habernos negado a separarnos.
Es maravilloso encontrar a alguien a quien amar, y que te ama tal y como eres. Que te lo demuestra. Que te cuida sin necesidad de prometerte que lo hará. Que no habla de para siempres pero que se queda.
Porque es difícil de explicar, pero es la realidad. Todo va cambiando, y lo que antes te asustaba acaba por formar parte de ti de nuevo. Simplemente un día ocurre y no lo puedes evitar.
Aquello que habías dejado de entender, vuelve a ti.
Llega él, y le da significado a todo lo que había dejado de tenerlo.
lunes, 19 de octubre de 2015
martes, 3 de marzo de 2015
Solo tenemos un corazón y hay que serle fiel.
Hace no mucho tiempo, en un intento de engañar mis esfuerzos quizás, alguien fue lo suficientemente valiente como para mirarme a los ojos y hablarme de mí. Para sostener mi mano y acercarme a quien era en ese momento, a quien soy hoy. Y en aquellos 23 minutos, tuvo el coraje de hablarme del corazón, de mi corazón. De gritarme silencios y callarse mil palabras, de hacerlo despertar.
Ahora que han pasado los meses, soy capaz de escuchar aquellos silencios, soy capaz de sostener las mil palabras, y soy capaz de comprender, aún sin entender. Y es que el corazón nunca pierde, nunca gana. Nunca para, siempre avanza. El corazón aprende, pero para olvidar le bastan dos caricias, para borrar toda posible duda y volver al punto de partida. El corazón es coraje disfrazado de miedo. Es el instante exacto en el que se quiebran los temores y te lanzas a sus labios. No escucha, y no atiende a razones. Es locura, es desafío. Es cada "nunca más" que no cumplimos, y el "para siempre" que no nos creímos. Es la mirada que hace tambalear todos los cimientos, cada falso arrepentimiento entre beso y beso. No entiende de imposibles, y suele sentirse seguro en los brazos más difíciles. Siempre tiene la razón, nunca se equivoca en la decisión.
Y es que solo cuando somos capaces de entenderlo, de por fin darnos cuenta de que no cabe la racionalidad cuando hablamos de sentir, cuando somos lo suficientemente valientes como para elegir entre todos el camino más difícil, solo en el momento en el que decidimos cerrar fuerte los ojos y dejarnos llevar, encontramos la respuesta. Cuando somos capaces de sumergirnos en esos labios que siempre han sido un mar de dudas, cuando aún asustados, apretamos la mano que sabemos que nos puede hacer caer, solo en ese momento, y al perdernos en los ojos más confusos, encontramos el que será sin duda, nuestro lugar favorito en el mundo.
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