jueves, 9 de agosto de 2012

Pues dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver.

No dije nada, pero inconscientemente le buscaba. Era como si hubiera salido de casa con la idea de encontrarle, de retomar. Caminaba sin rumbo, pero cada paso buscaba estar aún más cerca. Tenía la mirada perdida, pero sabía que dejaría de estarlo si los caminos se cruzaban. Dejé de tener miedo, era como si el viento me llevara, no tenía ni que esforzarme para caminar. Y encontré consuelo, me paré en seco. Estábamos allí, después de tanto tiempo, a unos diez metros, no cerca, pero tampoco demasiado lejos. Le miré de lado, sin siquiera molestarme en que mi cuerpo le apuntara. Me miró confuso, con esa cara que siempre ha tenido, esa cara de parecer no entender nada, pero que realmente, no quiere explicaciones. Sonreí, de verdad. No podía haber sido una sonrisa más sincera, pero no me hizo falta mucho más. Ni un beso, ni una palabra, ni un abrazo, ni un rato juntos como lo hacíamos antes. Me bastó su sonrisa de regreso para seguir hacia delante. Y el viento volvió a llevarme, sin miedo. Nadie se había dado cuenta de todo aquello, apenas habían sido veinte segundos. Y después de caminar un par de metros, me paré, mire al cielo y respire hondo, muy hondo. Pensé que le buscaba a él, pero no. Me buscaba a mi misma, y me había encontrado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario