jueves, 23 de abril de 2020

Indomable


Llevo tatuado en mi brazo derecho la frase “todo o nada”. Me lo hice hace 5 años, con 19, creyendo y defendiendo firmemente que lo único válido era entregarse al 100 o directamente no intentarlo, aplicable a mi misma y por supuesto al resto. No me merecía menos que todo, no debían darme menos que todo. Y ahora no puedo más que pensar en lo equivocada que estaba.

Y me he dado cuenta sustituyendo las dos palabras por dos que me gustan mucho más: “aceptar” y “libertad”. Con el tiempo, y con el aprendizaje, le he dado un valor inmenso a la libertad, a la importancia de tener la capacidad de decidir, de elegir, de tomar un camino u otro, de arriesgarte o no, de irte o quedarte, mañana o dentro de un mes. Pero no solo está mi libertad, también la de los demás, y quizás este punto es el que más tiempo me costó aprender. Igual que me quiero libre, quiero libre al resto. Valoro la libertad de cada una de las personas que se cruzan conmigo, y en consecuencia, acepto. Acepto todo aquello que no está en mi mano cambiar, que no puedo decidir, que es consecuencia de otra libertad. Lo acepto y decido no cambiarlo, no maldecir mi suerte ni a la vida. Elijo quedarme al lado de aquellos que con su libertad me hacen feliz, y simplemente no continuar con quien, aun aceptándole, no siento que quepa en mí.

Gracias a esto aprendí que existen miles de formas de querer, tantas como personas que pueden sentirlo. Y la libertad también reside en querer a tu manera. Aprendí a aceptar el amor que me daban como único, y a no juzgarlo desde la mirada de lo que yo creía que debía ser el amor. Porque la vida no es lo que creemos que es, la vida simplemente es. Y está llena de cosas desconocidas, cosas ajenas a nuestra libertad, que no tienen por qué encajar con lo que esperamos, y aún así, están bien. Tu padre no te escucha como tu escucharías a tu hijo si lo tuvieras, pero te quiere, y está bien. Tu madre no entiende tus ideales como te gustaría: porque son tuyos, pero te quiere, y está bien. Tus amigos no hacen por ti algo que tú harías sin pensar por ellos: pero ellos no son tú, y siendo ellos te quieren, y está bien. Tu novio no te dice “te quiero” las 14 veces al día que se lo dices tú a él: pero te prepara la cena cuando llegas cansada a casa, y así él te quiere, y está bien.

He estado prácticamente mi vida entera cuestionándome quien era de verdad. Si estaba en lo cierto esos días que creía conocerme totalmente y saber como vivir, o si mi verdadero yo era el caos, ese en el que no conseguía que nada tuviera forma y simplemente avanzaba con pasos torpes. Preguntándome cuando llegaría ese momento de mi vida en el que sería quien siempre he querido ser, y entendería por fin todo. Y ahora me doy cuenta de que yo ya existo, yo ya soy. Llevo 24 años siendo. Siendo libre, decidiendo, cambiando una y otra vez ante cada una de las cosas que iban pasando a mi alrededor. Y está bien. Porque soy las dos partes, porque es normal a veces saber que camino elegir y otras hacer de tu ruta un caos. Porque dudar es humano, pero aprender también. La vida no es lo que yo creía que era: la vida simplemente es. Y estando en ella yo soy todo lo que siempre he querido ser: alguien libre, que decide, que acepta, se acepta y se quiere. Y está bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario