Resulta irónico escribir en esta situación sobre el amor. Como quien te cuenta sus mejores recetas mientras te sirve su peor plato sobre la mesa.
Dicen que el corazón te pide escribir en dos momentos: cuando está bien lleno y cuando te lo han roto. Y es que en los momentos más felices crees haber descubierto todos sus secretos, pero es en los más tristes cuando entiendes sus lecciones.
El amor es tantas cosas, tantas que no he sabido ver, o tantas que no he querido entender. Es mucho más que lo que se ve, mucho más de lo que he pedido, mucho más de lo que he ofrecido.
A mi también me engañaron con las películas del domingo al mediodía, yo también leí sobre historias de amor épicas y me acabe envenenando con cada una de las letras. También me metieron por los ojos a la fuerza ese amor especial, único e irrepetible, ese instante fugaz con esa persona idónea que solo pasa una vez en la vida. Y me lo creí. Y acabé tan engañada. Tan ciega.
Tanto que desprecié lo invisible. Todo aquello que no se ve, pero que es el amor. Todo eso de lo que nadie habla, lo que no brilla, pero abriga. Todo aquello sobre lo que no te leyeron de pequeña, lo que no aprendiste en ninguna película.
Me he conformado con tan poco, con el corazón siempre en oferta. Sin entender nada sobre el amor, sin entenderme. Fallándome una y otra vez para no fallar al resto. Camuflando todas mis necesidades en el instante fugaz, en la persona idónea que solo ocurre una vez en la vida.
Y la verdad es que el amor es más que todo eso. El amor aparece mucho más de lo que se ausenta. El amor ocurre mil veces, y es diferente cada vez. El amor no va sobre sostenerse, va sobre acompañarse. No es ser, pero sí estar.
Es tantas cosas, y yo creía que eran tan pocas. Y hoy puedo decir que voy descubriéndolo, poco a poco, y en las cosas que menos imaginaba. No me conformo, no me engaño y no me enveneno con ideas sobre lo que debe ser el amor, porque ahora lo sé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario