Y se soltó, así sin más. Estaba atada, completamente, y no creía que hubiera remedio. Pero la cuerda se soltó, y poco a poco, a lo largo de estos últimos días me he notado diferente, renovada. No sé, tal vez es lo que me hacía falta, desintoxicarme de machitos prepotentes y de malas pécoras durante un tiempo, ver que la vida no se reduce a eso, que tengo mil y un cosas más por descubrir, y que poco a poco las estoy descubriendo. Con el esfuerzo de los primeros días he conseguido ahora sentirme a gusto, con todo controlado. He descubierto que no todo es tan malo como parece, y que tampoco es todo maravilloso, pero que saber vivir bien en un término medio sienta genial. He descubierto que cuando ya nada ni nadie te condiciona te sientes más libre, no sé, como más ligera. Al principio era satisfactorio, me sentía orgullosa de mi misma. No piensas en el que pensará si haces algo, ni piensas en si te lo encontrarás cuando estás a punto de salir. Tampoco te importa si está pensando en ti, ni en si le apetecerá verte, si te echará de menos, le das vueltas y llegas a la conclusión de que si así fuera tu no querrías verle. Pero esto solo es al principio. Cuando ya ha pasado un poco más de tiempo esto cambia. Toda esta superioridad que sentías al verte fuerte, decidida, valiente, al saber que estás siendo más fuerte que los viejos sentimientos, se ve obligada a convivir con algo que aparece en el momento que menos te esperas, y aparece así, de la nada. El miedo. Sí, te da miedo que ocurra de verdad. Ves que cada vez ocupa menos minutos en tu cabeza, y que ya no piensas en él antes de acostarte, que llegas a clase y todavía no te ha dado tiempo a plantearte escribirle "buenos días", no te has acordado. Y una noche te paras, sentada, frente a la tele, y sale un anuncio, con esa canción que tanto le gusta a él, y te das cuenta de que en todo el día no se ha pasado por tu mente. Y te asustas, y cae una lágrima, pero solo una, pues las que tenías reservadas para él hace tiempo se agotaron. Y reflexionas, durante un rato. La verdad, es que te entristece, que esto haya acabado así. Que haya dejado de importarte tan sumamente él en general, que te cause indiferencia el si estará o no. Te entristece haberle querido tanto para llegar a este punto, al mismo del que empezaste. Y no creo que esté tan mal, ahora yo soy más yo, más la de siempre. Me ha dado por correr, por chillar, por volverme loca continuamente, por no poder borrar esta puta sonrisa de mi cara, por apreciar a todas y cada una de las personas que me rodean, y por sentir que cada vez son más a mi lado y demostrarles que les quiero a todos ellos. Voy reconstruyendome, pasito a pasito. La vida es larga, y yo solo estoy empezando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario