viernes, 30 de diciembre de 2011

ahora solo hay números en tu cabeza, de una relación que no da para más

Yo no escogí enamorarme de ti. Pero la primera vez que te besé, nuestros dientes se rozaron por una milésima de segundo y fue increíble. Y la hora exacta de ese beso eran las doce y diez, y quité la pila del reloj, para que se quedase esa hora detenida para siempre, parada. El minuto exacto en el que me besaste está metido en ese reloj para siempre. Y ya nunca sé que hora es, pero me da igual, porque desde entonces miro constantemente el reloj.

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